Historia del Vibrador: de la histeria al clímax (I)
Desde que en 1870 vio la luz el «Manipulator» (el primer vibrador patentado), la historia del vibrador resulta tan sorprendente como sus diseños y aplicaciones, convirtiéndose en un tema de estudio gracias a sus connotaciones médicas, sociológicas, psicoanalíticas y hasta tecnológicas, capaz de ilustrar con propiedad la actitud de los hombres hacia la sexualidad femenina.

Todo comienza con el «furor uterino» que padecían las damas de la antigua Grecia, una condición que englobaba síntomas diversos de origen desconocido: nerviosismo, retención de fluidos, insomnio y falta de apetito. En el siglo V a.C., Hipócrates creía que el útero daba vueltas por el cuerpo buscando donde causar problemas, así que asoció esta sintomatología femenina a un bloqueo uterino que describió con el nombre de «Histeria», del nombre griego de la matriz (hysteros).
Galeno, inspirado en los tratados hipocráticos, alegó en el siglo II de nuestra era que aquellos “variados e innumerables accidentes” reconocidos popularmente como histeria tenían su origen en una profunda insatisfacción sexual, y era especialmente comunes entre las mujeres sin actividad sexual, como las monjas, las vírgenes, las viudas y algunas apasionadas mujeres casadas cuyos maridos no estaban por la labor de complacerlas.
La fisiología galénica dominó la medicina europea durante más de mil años, de modo que las afecciones femeninas enraizadas con la insatisfacción sexual se curaban con una curiosa receta: el paroxismo, otro vocablo griego definido por la Academia como la “exaltación extrema de los sentimientos y pasiones”, era inducido manualmente por los terapeutas mediante un masaje frenético que podía extenderse durante horas y acababa, a la larga, resultando de gran alivio para la paciente, aunque bastante doloroso para las entumecidas manos de quien lo practicaba por amor a la salud del prójimo.
El siguiente gran paso en la historia del vibrador ocurre durante la Revolución Industrial que transformó el “trabajo manual” en procesos mecanizados, no sólo en la economía, sino también en la intimidad de los consultorios médicos y los dormitorios de señoras. El fervor por la invención de máquinas se amplió desde la producción industrial hasta artefactos menores para hacer más fácil la vida de los hombres (y las mujeres). De modo que para finales del siglo XIX, ya existían bombas de agua que realizaban la antigua tarea de manera mucho más eficiente.

Una máquina francesa patentada en el año 1860 aseguraba alcanzar el paroxismo en un tiempo record de cuatro minutos. Un avance, sin duda, pero que seguía resultando poco práctico, difícil de trasportar y de dudosa higiene. Si el matrimonio no solucionaba el problema, la hípica, las mecedoras y los trenes más inestables de la época también se recetaban como tratamientos alternativos!

Si ninguna de estas vías daba resultado, la opción era acudir al médico de la familia. Los doctores de la época consideraban que el 75% de la población femenina padecía la Histeria y que, además, era una enfermedad de fácil alivio temporal pero crónica. Por esos mismo años, en el hospital parisino de La Salpetrière, el doctor Charcot buscaba nuevas respuestas estudiando a pacientes aquejadas de histeria, a las que trataba con hipnosis, como se ve en este cuadro pintado por André Brouillet en 1887. Profesor de Sigmund Freud, los estudios de Charcot y su desarrollo posterior en las obras de sus alumnos crearon un nuevo campo de estudio psicológico y psicoanalítico de la histeria.

Si añadimos al caldo de cultivo la moral puritana y represiva de la época victoriana que escondía a la mujer bajo voluminosas capas de vestidos y la apretaba entre estrictos corsets y las más conservadoras reglas de “etiqueta”, no es de extrañar que la llegada de artefactos más prácticos, accesibles y menos voluminosos se volviera una urgencia apremiante. Así pues, un nicho de mercado difícil de ignorar se apoderó de las ideas de los médicos y creadores tecnológicos de la época. Estamos en la Inglaterra de finales del siglo XIX y nace oficialmente el vibrador…

Las primeras joyas vibradoras propiciaban unas 1500 pulsaciones por minuto y ofrecían toda una gama de posibilidades: transportables, con pie de apoyo, potenciados por vapor, baterías o incluso por corriente eléctrica. También se diseñaron y comercializaron modelos manuales (con un mecanismo similar a las antiguas batidoras) y otros que funcionaban con aire comprimido.

Pero hasta bien entrados en el siglo XX, los vibradores no estaban al alcance de las consumidoras finales, puesto que eran considerados estrictamente para uso médico. Como en la época se deducía que el placer sexual femenino provenía de la penetración, los frotamientos de un médico no se consideraban contrarios a la moral. De hecho, el espéculo, ideado para el examen interno de cavidades corporales como la vagina, resultó mucho más controvertido que los masajeadores clitorianos de entonces.
A comienzos del siglo XX la electricidad llegó a las casas de medio Occidente y puso en bandeja la posibilidad de domesticar el vibrador. Los primeros artilugios eran gigantescos, pesados y ruidosos, pero curiosamente se comercializaron antes incluso que la plancha eléctrica o la aspiradora, siendo la quinta línea de productos eléctricos que se ofrecían para el bienestar de la ama de casa, camuflados bajo el nombre comercial de “masajeador personal”.

Pronto llegaron las versiones portátiles en delicadas cajas de madera con forros internos de satén y terciopelo, acompañadas de manuales y consejos de uso, que según los chascarrillos de los historiadores y las primeras feministas, agotaban sus pilas mucho antes de satisfacer a sus dueñas.
Bajo el pseudónimos de «Dr McAura» o el fantástico «Veedee Vibrator», el vibrador se volvió un objeto doméstico relativamente común y sus supuestas capacidades terapéuticas crecieron a la par que su fama, llegándose incluso a afirmar que curaban la sordera, la migraña, la polio, la impotencia, la pérdida de cabello y en ocasiones hasta la halitosis!
Durante la Primera Guerra Mundial, se motivaba a la sociedad a guardar sus fuerzas (y sus ahorros) para combatir los duros tiempos que corrían y los vibradores cayeron en el olvido durante gran parte de los próximos 50 años, aunque a menudo se colaban en ciertas publicaciones femeninas anunciados como masajeadores de cuello, dando pie a toda una nueva saga de vibradores 2-en-1: los vibradores-cepillo de pelo, los vibradores-polvera e incluso el curioso vibrador como accesorio de la aspiradora:

Continuará…

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